La psicología ambiental estudia de qué manera el ambiente afecta al comportamiento de las personas. Los vínculos psicológicos que tenemos los seres humanos con el espacio que habitamos son profundos, por mucho, que la mayoría de las veces no seamos conscientes de ellos. «Al igual que el pez, el ser humano es el último en enterarse de que vive en el agua», afirma Robert Sommer, un conocido psicólogo ambientalista. Esa agua que nos rodea, como para el pez, tiene importantes significados que justifican que haya parejas enzarzadas en disputas por la mesa del salón, adolescentes defendiendo con uñas y dientes la decoración de su habitación (horrible según su sofisticada madre) o separados que se gastan el dinero que no tienen en cambiar el color insoportable de la pintura de su apartamento recién alquilado.

Si te cuesta entenderlo haz un breve experimento. Si estás leyendo este artículo en tu casa mira a tu alrededor y reflexiona sobre estas preguntas: ¿Los muebles, libros, objetos de la habitación los tienes desde hace mucho tiempo? ¿Los has elegido tú? ¿Son regalos? ¿Hay objetos heredados? ¿Hay alguna habitación donde estás siempre y otra que no pisas? ¿Dónde estás leyendo, en el sofá, la cama, el baño? ¿Te gusta tu casa? Todo esto puede parecer una anécdota, pero no lo es.

PROYECCIÓN DE LA PERSONALIDAD

tu casa y tu persoanlidad

Alberto Eiguer es un psicoanalista francés que ha reflexionado sobre lo que él llama el «inconsciente de la casa». Éste posee un doble movimiento, por una parte, nosotros proyectamos sobre el entorno nuestra personalidad que de esta manera representa nuestras creencias, emociones o valores, es un reflejo de nosotros mismos. Por otra, ese mismo entorno nos configura y nos transforma como personas (a través de un mecanismo denominado introyección).

Por eso, el aparentemente ingenuo verbo decorar que significa según la RAE «adornar, intentar embellecer una cosa o un sitio» tiene otras implicaciones menos inocentes: nuestra primera morada es el cuerpo, sobre el que construimos la identidad, pero la casa es la siguiente piel psíquica, el envoltorio seguro que nos protege y salvaguarda nuestra intimidad. Por eso, si discutes con tu pareja sobre dónde va la lámpara del salón, además de otros aspectos, estás queriendo decir que necesitáis llegar a un acuerdo para que vuestro espacio compartido sea el reflejo de la identidad de los dos.

Por ello, los lugares en los que vivimos están cargados de significados afectivos. Una técnica para activar los recuerdos de la infancia consiste en dirigirse mentalmente a la casa en la que vivías cuando eras niño, cómo era su decoración, quien estaba allí. Así comienzan a surgir aterradores pasillos, jardines con hortensias gigantescas dada tu pequeña altura infantil o cocinas con olor a rosquillas, ¿recuerdas la tuya?

Las casas contienen también la historia del grupo familiar que allí habita, en ella acontecen los primeros eventos compartidos decisivos de nuestra vida. A veces para aprender cosas sobre nosotros conviene ir a los lugares donde habitaron las generaciones anteriores, esto constituye un nuevo eje de lectura del árbol genealógico, en palabras de Eiguer, aunque otras veces se intente transformar enseguida un espacio heredado para eliminar toda huella del pasado.

CÓMO TE CAMBIA

que dice tu casa de ti

Cuando el pez se pone a estudiar el agua, siguiendo la metáfora de Sommer, descubre sus muchas e importantes influencias. El ambiente modifica nuestra personalidad y la capacidad de tomar decisiones, pues los procesos mentales básicos están vinculados a la percepción y el movimiento en nuestros espacios, según demuestra un estudio realizado en la Universidad de Bath (Reino Unido). Condiciona, a su vez, las relaciones pues vivir en un lugar u otro puede afectar a la forma en la que interactuamos con otras personas. Algunas investigaciones señalan que en los espacios verdes la gente es más generosa y sociable porque está más relajada. La naturaleza contribuye a la mejora de la salud corporal y mental lo que influye en el comportamiento humano.

Finalmente, configura el cerebro, pues éste percibe las distancias de manera diferente en función de la geometría de nuestro ambiente, según estudios realizados sobre el GPS cerebral (situado en el hipocampo). Los seres humanos construimos mapas cerebrales para orientarnos en nuestro entorno con aquello que es significativo para nosotros. Es divertido observar cómo al hablar con diferentes personas narran el mismo lugar ubicando el bar, la zapatería, el supermercado, la galería de arte o la iglesia, todo ello, en función de sus intereses, personalidades, emociones y valores. Y lo más sorprendente es que quien pone atención a una cosa suele tener «ceguera» para las otras.

Por todo esto, los humanos llevamos a cabo acciones encaminadas a transformar el espacio en el que vivimos, para convertirlo en un hábitat personal que nos represente y nos ayude a alcanzar mayor bienestar. Por eso, también, sentimos el sufrimiento de aquellos a los que la vida les robó su hogar. Quizás sabiendo de esta influencia comencemos a cuidar con esmero a nuestro amado planeta. Las paredes no hablan, pero susurran. Nos dicen quiénes somos ahora y lo que deseamos ser más adelante.

Artículo original publicado en ElMundo.es

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