El caos detrás del libro


He escrito un libro.


Y no, no he venido a vendértelo. De hecho, cuando me pidieron que escribiera este artículo pensé que sería una buena ocasión para presentarlo a mis compañeras de profesión, pero en cuanto me senté delante del teclado me di cuenta de que había algo mucho más interesante que contar.


Porque escribir el libro ha sido de las cosas más fáciles que he hecho.


Lo difícil ha sido todo lo demás.


Para mí la literatura siempre ha sido un refugio. Desde que aprendí a leer he invertido cantidades poco razonables de tiempo y dinero en libros, y la verdad es que eso me hace feliz. Escribir, en cambio, era otra historia. Me gustaba hacerlo, sí, pero jamás pensé que tuviera talento para ello. Mucho menos que pudiera formar parte de mi trabajo.


Y aquí aparece una de esas personas que te cambian la trayectoria sin saberlo. Un amigo que tiene una revista, cuando supo de mi emprendimiento como organizadora, me pidió que escribiera un artículo sobre lo que estaba haciendo en aquel momento. Lo envié con una mezcla de ilusión, miedo y síndrome de la impostora, convencida de que me señalaría todo lo que estaba mal o que, en el mejor de los casos, me diría amablemente que mejor me dedicara a otra cosa.


Lo que ocurrió fue justo lo contrario. Le encantó y me propuso escribir un artículo al mes para la revista. Mirando atrás, creo que Xavi fue la primera persona que me validó como escritora y también una de las que más insistió en que algún día acabara escribiendo un libro. Aunque no la única, y quizá eso también era una señal.


Y es curioso cómo a veces no nos falta capacidad. Nos falta atrevernos. Y no estoy hablando solo de escribir. Estoy hablando de lanzar ese proyecto que llevas años pensando, de abrir un canal de comunicación, de crear un taller o de enseñar al mundo algo que sabes hacer. Todas las que andamos por aquí sabemos perfectamente el vértigo que da.


Pero me voy por las ramas. Volvamos al libro.


La realidad es que no pude empezarlo cuando quise. Para escribir un libro hacen falta tiempo y energía, igual que para cualquier otro proyecto. Y durante mucho tiempo yo no tenía ninguna de las dos cosas. Estaba construyendo un negocio, trabajaba a jornada completa en otra cosa, cuidaba de mi madre enferma y seguía atendiendo todo lo demás, porque la vida tiene la mala costumbre de no detenerse cuando tú decides que te vendría bien una pausa.


Lo empecé cuando Vida en ordre ya tenía algo de rodaje y yo había conseguido reducir la jornada de trabajo fuera de mi empresa. Coincidió con la muerte de mi madre y de repente disponía de un tiempo que antes no existía y, al mismo tiempo, necesitaba desesperadamente ocupar la cabeza y el corazón en algo que me permitiera descansar un rato del duelo. Así que empecé.

Durante dos meses escribí cada día. Muy centrada. Muy comprometida. Tan comprometida que casi terminé el libro. Y digo casi porque me faltaba un capítulo. Precisamente el más complicado. Luctus. El monstruo del duelo. Ese que nos convence de guardar cosas que no usamos, que ni siquiera nos gustan, pero que pertenecieron a alguien a quien echamos de menos.


Y justo cuando estaba intentando escribir sobre eso, la vida decidió darme una segunda clase práctica.


Mi cuñada y amiga Alexia murió de forma repentina. Ella, a quien le he dedicado el libro, puso todo en pausa.


Porque otra cosa que no te cuentan cuando escribes un libro es que se empapa de tus emociones. O por lo menos el mío lo hizo. Me resultaba imposible sentarme a escribir. Primero porque la prioridad era otra. Había que estar con la familia y llorar la pérdida. Permitirme vivir aquello con calma. Pero después, cuando las ganas empezaron a volver, todo tenía una sombra gris. Mi estado de ánimo se colaba en cada frase y el libro quedó parado durante meses.


Hubo días en que pensé que jamás lo acabaría.


Pero el tiempo, que suele ser bastante buen bálsamo para el alma, hizo lo suyo. Fui haciendo intentos aquí y allá hasta que conseguí volver a meterme en la historia y terminarla.


Y entonces descubrí algo que no esperaba.


Yo pensaba que lo difícil era escribir un libro. Resulta que lo difícil venía después.


Porque entonces relees todo aquello que has escrito y te das cuenta de que no tiene ningún orden. Lo sé. La ironía no se me escapa. Un libro sobre orden que no tenía orden. Tenía historias, ideas, personajes y muchísimo contenido, pero la estructura brillaba por su ausencia.


Fue probablemente la parte más complicada de todo el proceso. Descubrir cómo organizarlo para que el lector no se perdiera. Cómo hacer que pudiera leer un capítulo hoy y otro dentro de un mes sin sentirse desubicado. Cómo conseguir que todo tuviera sentido.


Me llevó meses.


Primero cogí aquel texto caótico y empecé a trocearlo, mover piezas, crear categorías y construir una estructura. Básicamente hice con el manuscrito lo mismo que hago cuando entro en una casa desbordada: descartar y organizar. Una vez apareció el sistema, todo fue mucho más sencillo.


O eso pensaba. Porque después llegó otro reto precioso: dejar que otras personas lo leyeran.


Madre mía.


Si escribir da vértigo, enseñar lo que has escrito da bastante más.


Hasta entonces el libro era mío. Había convivido con él durante meses, lo había escrito, cambiado, mimado y discutido. De repente tenía que entregárselo a una correctora y a varias personas para que lo analizaran con ojos frescos y me señalaran todo aquello que yo ya no era capaz de ver.


Te prometo que dormía fatal y se me comía la ansiedad.


Y cuando por fin llegaron las respuestas pensé que ya estaba. Que el trabajo duro había terminado.


Qué inocente era.


Porque entonces apareció la búsqueda interminable de la perfección.


El libro nunca estaba suficientemente bien. Siempre encontraba algo que cambiar, algo que mejorar, una frase que reescribir, un capítulo que mover o una idea que pulir. He reescrito partes enteras, he llenado páginas impresas de anotaciones y hasta he fusionado monstruos que ya estaban creados. Y para rematar la jugada decidí publicarlo en catalán y en castellano al mismo tiempo, porque puestos a complicarme la vida, mejor hacerlo bien.


Mirando atrás, creo que este libro me ha enseñado bastante menos sobre escritura de lo que esperaba y bastante más sobre mí misma. Me ha obligado a revisar cómo me trato, cómo me valoro, dónde pongo los límites y cuánto caso le hago a esa voz que insiste en decirme que todavía no estoy preparada, que no soy suficiente.


Por eso me apetecía escribir este artículo. No para hablarte del libro, sino para hablarte de todo lo que hay detrás.


Durante todo este proceso he estado esperando momentos distintos. El momento de sentirme preparada para escribir. El momento de sentir que el libro estaba bien. El momento de estar segura antes de enseñárselo a nadie.


Y ninguno de esos momentos llegó.


Por eso, si tú también tienes un proyecto aparcado esperando el momento perfecto, quizá ha llegado la hora de asumir una verdad incómoda: ese momento no existe.


Es posible que nunca te sientas preparada. Yo, desde luego, no me sentía.


Pero aquí estamos


Un monstruo en el armario empieza en un armario, como no podía ser de otra manera, pero en realidad habla de personas. De autoestima, duelos, expectativas, culpa, miedo y de todos esos enredos que acaban escondiéndose entre las perchas mientras fingimos que el problema es solo una falta de espacio.


Porque los verdaderos monstruos rara vez viven dentro del armario. Y porque, a veces, ordenar la casa es solo la excusa para empezar a poner un poco de orden dentro de uno mismo.